CLÚSTERES SECTORIALES Gobiernos de todo el mundo crean ecosistemas para favorecer la innovación económica

Países y regiones buscan distintos métodos para crear «clústeres» sectoriales, concentraciones de actividades económicas tecnológicas que favorecen la aparición de empresas innovadoras, atraen la inversión privada y dan un impulso económico a toda la zona.

Los surcoreanos han creado clústeres en las provincias de Daejeon y Gyeonggi. Los franceses lo han hecho en doce ciudades, empezando por Grenoble. México tiene uno. Incluso las Islas Canarias los están probando.

El nuevo concepto al que todo el mundo se apunta, inspirado en el espectacular éxito de Silicon Valley en California y de la Ruta 128 en Boston, pasa por fomentar el crecimiento económico mediante la creación de clústeres tecnológicos sectoriales. Una simple búsqueda en Internet de «creating technology clusters» (‘crear clústeres tecnológicos’) genera nada menos que 25,2 millones de resultados.

 «Los clústeres son una vieja teoría que tiene sus ejemplos más claros en Estados Unidos», afirma Mark Muro, investigador ejecutivo y director del Programa de Políticas Metropolitanas de Brookings Institution en Washington, DC. «Países de todo el mundo están haciendo hincapié en la importancia de la economía de la innovación, y por eso tratan de crear estos ecosistemas o clústeres de startups».

LAS UNIVERSIDADES, PRINCIPAL MOTOR DEL I+D

Silicon Valley y la Ruta 128 recibieron durante décadas financiación de la administración estadounidense y acabaron dando frutos con un aluvión de nuevas ideas. Cuando los empresarios se lanzaron a comercializarlas, los inversores de capital riesgo acudieron raudos y veloces con el dinero bajo el brazo. Las grandes empresas activaron el radar para explorar alianzas con aquellas prometedoras startups. Estado y administraciones locales, además de cámaras de comercio y alianzas público‑privadas, se afanaron a formar parte de estos «ecosistemas».

«PAÍSES DE TODO EL MUNDO ESTÁN HACIENDO HINCAPIÉ EN LA IMPORTANCIA DE LA ECONOMÍA DE LA INNOVACIÓN, Y POR ESO TRATAN DE CREAR ESTOS ECOSISTEMAS O CLÚSTERES DE STARTUPS».

MARK MURO INVESTIGADOR EJECUTIVO Y DIRECTOR DEL PROGRAMA DE POLÍTICAS METROPOLITANAS DE BROOKINGS INSTITUTION

Al principio, muchos tecnólogos creyeron que los clústeres se formaban de manera fortuita, hasta que se empezaron a crear de forma planificada. Austin, por ejemplo, creó un clúster de semiconductores y videojuegos en la Universidad de Texas, y San Diego creó un clúster inalámbrico que unía la Universidad de California, San Diego y un clúster de biotecnología del Scripps Research Institute.

Actualmente, en Estados Unidos los clústeres se cuentan por decenas y siguen contando con el apoyo de las administraciones locales y estatales.

LOS CLÚSTERES EN CHINA

En China, segunda economía mundial, el primer clúster sectorial apareció gradualmente en el noroeste de Pekín, alrededor de las universidades de Pekín y Tsinghua. El distrito, denominado Zhongguancun, se urbanizó en la década de los ochenta y fue la cuna de Lenovo, fabricante mundial de ordenadores personales y teléfonos móviles, y de Baidu, el motor de búsqueda dominante en el gigante asiático.

El gobierno chino ha tratado de crear otros clústeres tecnológicos en Shanghai y Shenzhen, pero expertos chinos apuntan que han sido las concentraciones de redes de proveedores internacionales de esas ciudades, creadas cuando las empresas extranjeras empezaron a subcontratar la fabricación a China, las impulsoras reales de su éxito.

«Empresas chinas y extranjeras crearon fábricas de semiconductores en Shanghai para abastecer a grandes compañías extranjeras que fabricaban allí productos electrónicos. Así es como Shanghai se convirtió en el centro neurálgico de semiconductores más importante de China», recuerda Yu Zhou, profesor de geografía del Vassar College y coeditor del libro China As an Innovation Nation. A raíz de ahí empezaron a aflorar empresas chinas de diseño de semiconductores en el sector privado, y acabaron formando un clúster.

De igual forma, el clúster de teléfonos móviles de Shenzhen surgió a partir de una concentración de empresas extranjeras dedicadas a las cadenas de suministro y la fabricación. «Las empresas chinas empezaron a construir sus propios teléfonos móviles de imitación porque la cadena de suministro era muy completa y flexible», explica Zhou.

«Uno ya puede decir que tal enclave es un clúster, que como no cuente con el ecosistema invisible y las empresas no se instalen ahí, aquello no será más que un proyecto inmobiliario».

Yu Zhou coeditor del libro China As an Innovation Nation

El modelo de clúster en China no depende de la circulación de ideas procedentes de las universidades, de entrada porque el gobierno destina la mayor parte de la inversión en I+D a los institutos de investigación estatales.

«La propiedad intelectual surgida de universidades e institutos de investigación tiene poco peso en este momento», apunta Zhou. «Las empresas están aportando tecnología de varias fuentes y la están adaptando a los patrones de demanda chinos».

El reto que plantean los clústeres impuestos por el gobierno está dando lugar a lo que Zhou denomina el «ecosistema industrial invisible»: la combinación perfecta de competencias, relaciones financieras, relaciones con los proveedores y conexiones personales. «Uno ya puede decir que tal enclave es un clúster, que como no cuente con el ecosistema invisible y las empresas no se instalen ahí, aquello no será más que un proyecto inmobiliario», añade.

EL ARMA SECRETA DE ALEMANIA: 60 INSTITUTOS FRAUNHOFER

Alemania estructura sus clústeres en torno a 80 unidades de investigación, entre las que se encuentran los 60 Institutos Fraunhofer, cada uno dedicado a tecnologías específicas. Los institutos reciben subvenciones del Ministerio de Educación e Investigación de Alemania y de las administraciones regionales, pero los directivos a menudo ostentan dos cargos: uno en un instituto y otro en el sector privado. En conjunto, hacen de puente único entre las instituciones de investigación y las empresas del sector privado.

Uno de estos clústeres es el Intelligent Technical Systems OstWestfalenLippe, también conocido como «it’s OWL». Este grupo tiene como objetivo ayudar a las empresas alemanas de la región OstWestfalenLippe del noroeste de Alemania para que modernicen su fabricación. Esta revolución tecnológica, conocida en Alemania como «Industrie 4.0», hace hincapié en el conocimiento del Internet de las cosas industrial, la robótica y la impresión 3D.

«EN ALEMANIA, EL SECTOR FINANCIERO TIENE MÁS AVERSIÓN AL RIESGO. ES UNA MALA POLÍTICA, PORQUE HAY MUCHAS TECNOLOGÍAS E IDEAS QUE PODRÍAN MATERIALIZARSE EN MODELOS DE NEGOCIO».

ROMAN DUMITRESCU DIRECTOR GENERAL DE ESTRATEGIA E I+D DE INTELLIGENT TECHNICAL SYSTEMS OSTWESTFALENLIPPE

«Los institutos se especializan en tecnologías específicas, pero pueden abarcar una amplia gama de temas», explica Roman Dumitrescu, director general de estrategia e I+D de it’s OWL (Intelligent Technical Systems OstWestfalenLippe) y director del Instituto de Investigación Fraunhofer para el diseño de sistemas mecatrónicos. En total, en it’s OWL colaboran 174 entidades, entre empresas, universidades, institutos de investigación y organizaciones.

Otro aspecto que despierta admiración del modelo germano es su sistema dual de formación universitaria y profesional. Algunos estudiantes van a las universidades, mientras que otros asisten a escuelas de formación profesional y se convierten en aprendices de uno de los 342 oficios reconocidos que pueden escoger. Los oficios garantizan que las empresas de tecnologías emergentes puedan encontrar la mano de obra cualificada necesaria.

LOS PAÍSES BUSCAN LA FÓRMULA PERFECTA

Cada uno de estos modelos tiene pros y contras, pero pocos clústeres han logrado la combinación mágica de un I+D con financiación pública, una masa crítica de empresas, startups creativas con potencial de crecimiento y acceso directo al capital como los que surgieron en Silicon Valley y la Ruta 128.

Por ejemplo, los clústeres estadounidenses tienden a estar dirigidos a nivel estatal, regional o metropolitano, y es posible que varias administraciones compitan por las mismas empresas. En cambio, los gobiernos centrales de países como Corea del Sur y Singapur deciden qué enclaves pueden albergar clústeres tecnológicos específicos.

«El modelo estadounidense tiene otros puntos débiles», revela Muro. «Somos buenos en la puesta en marcha inicial, pero no tanto en la etapa posterior de desarrollo ni en crear grandes plantillas de técnicos cualificados con los conocimientos que requieren estos sectores tecnológicos en auge».

Según Dumitrescu, los alemanes tampoco apoyan a las startups como debieran. El proyecto it’s OWL trabaja principalmente con grandes compañías, como Miele o Hella, que pueden permitirse el lujo de invertir millones de euros en pocos años para establecer una estrecha colaboración con las empresas de investigación. «Las pymes no tienen grandes departamentos de I+D y no pueden afrontar una cooperación de ese calibre», afirma Dumitrescu.

El capital riesgo también es relativamente desconocido en Alemania. «En Alemania, el sector financiero tiene más aversión al riesgo», apunta. «Es una mala política, porque hay muchas tecnologías e ideas que podrían materializarse en modelos de negocio».

China apoya a las startups y goza de abundante capital riesgo, pero sus clústeres suelen beneficiar a las empresas que adaptan las tecnologías y modelos de negocio existentes al mercado interno.

En todo el mundo, los impulsores de los clústeres se están dando cuenta de que la creación de los «ecosistemas sectoriales invisibles» que favorecen el crecimiento basado en la tecnología depende en gran medida de la gestión de las complejas relaciones que existen entre instituciones investigadoras, empresas, sector financiero y administraciones públicas. Hasta ahora nadie ha dado con el modelo perfecto, pero decenas de países están trabajando para mejorarlo. ◆

por William J. Holstein Ir arriba