BARBARA WEIR Plasmar la pena sobre la tela

A los niños indígenas que el gobierno australiano separó de sus familias entre 1910 y 1970 se los conoce como las «generaciones robadas». Barbara Weir fue una de esas niñas, y explica sus historias a través de sus pinturas, inspiradas en las tradiciones de su pueblo. Su idea es transmitir este patrimonio a través de los enérgicos cuadros que pinta.

Las pinturas abstractas y vigorosas de Barbara Weir, caracterizadas por la complejidad del trazo y el puntillismo, explican historias del pasado. Estas leyendas ocultas, que aprendió antes de que la separaran de su familia, se narran con colores intensos, espirales cadenciosos y puntos delicados, inspirados por su tierra natal, Utopia.

«Solíamos pintarnos el cuerpo», rememora Weir. «Cuando éramos niños, siempre nos pintábamos para las ceremonias. Mi abuelo, mi abuela y mis tíos también me contaban historias en la arena, historias que han pasado de generación en generación durante más de 40 000 años. Quería legar todas estas historias a mis hijos a través de la pintura»

INFANCIA ROBADA

Hija de Minnie Pwerle, una famosa artista de Utopia, y de Jack Weir, un ganadero irlandés, Weir fue víctima de las leyes australianas, que obligaban a separar a los niños aborígenes y mestizos de sus familias para internarlos en instituciones o darlos a familias de acogida. Tras vivir con diferentes familias de acogida desde los diez años y lejos de su tierra durante más de trece, Weir ha dedicado otros cincuenta años a reencontrarse con sus raíces.

En su serie de pinturas Grass Seed (‘Hierba’), con pinceladas enérgicas que captan su movimiento ondulante, recuerda los alimentos que comía. «La gente del rancho nos racionaba la comida, que se acababa rápido. Cuando volvíamos, preparábamos nuestra comida tradicional, a la que añadíamos semillas que encontrábamos en el bosque».

En la serie My Mother’s Country (‘El país de mi madre’), Weir pinta paisajes a vista de pájaro. Por medio de capas de puntos verdes, azules y ocres representa los sitios sagrados, ríos y pinturas corporales para las ceremonias; «todos los lugares especiales del aís de mi madre», explica.

RECONCILIARSE CON EL PASADO

Su espíritu de lucha y determinación quedan plasmados en su esfuerzo por transmitir las tradiciones del pasado.

«Cuando volví, al principio mi madre me rechazó. Estaba asustada porque mi vida cotidiana entre los blancos había sido muy distinta. Ya no hablaba mi lengua materna. Volver a conectar nos costó mucho tiempo».

La acogió su tía, la conocida artista Emily Kngwarreye, y decidió quedarse.

Al volver a Utopia se ganó la confianza de su familia. «Lo más duro fue volver a aprender mis lenguas. Lo logré cuando volví a casa al separarme de mi marido. Si él no me hubiese dejado, ¡quizá no habría pintado nunca!», bromea, pero lo cierto es que volvió a Utopia para pintar.

Aunque recibió la influencia de Kngwarreye, Weir siguió una trayectoria artística propia. «Emily contaba su propia historia», asegura. «Yo no podía hacer lo mismo, porque cada persona debe transmitir su propio relato».

UN VIAJE ARTÍSTICO

Weir, que formó parte del movimiento que reivindicaba el derecho de los aborígenes sobre sus tierras durante la década de los setenta, en 1985 se convirtió en la primera mujer en presidir el Consejo Indígena Urapunta. No empezó a pintar hasta 1989, a la edad de 45 años.

Weir también estudió la técnica batik en Indonesia y experimenta con distintos soportes, estilos y técnicas. Los temas recurrentes de su obra son la naturaleza y las historias de su familia.

«Cuando más aprendo es cuando voy al campo», explica. «Mis tías me enseñan lo que hay en la tierra. Cuanta más confianza me tienen, más cosas me enseñan.»

Weir, que protagonizó el anuncio publicitario Barbara Weir’s Australia de la Comisión de Turismo y en 2009 fue considerada por la revista Australian Art Collector Magazine como uno de los 50 principales artistas para coleccionistas, ha recorrido el mundo en trece ocasiones para divulgar sus historias y organizar talleres. «Estoy muy agradecida al público, que disfruta con mi trabajo y mis historias».

Su última colección está dedicada al país de su madre. «Es un país surcado por ríos. Un país en el que nos decoramos el cuerpo para las ceremonias y en el que transmitimos la sabiduría popular a las niñas».

Weir también sueña con visitar y pintar la tierra de su padre, Irlanda. «Mis primos me envían fotos de la granja familiar. Me encantaría visitarles».

Weir tiene la esperanza de poder transmitir la cultura aborigen a su público. «Todavía queda un largo camino para que todo el mundo nos acepte. Hemos hecho grandes avances, pero queda mucho por hacer», asevera.

por Rebecca Lambert Ir arriba